Políticas del nombrar(se). Las escapatorias del feminismo hegemónico

Políticas del nombrar(se). Las escapatorias del feminismo hegemónico
valeria flores

“Dicen, desgraciada, te han expulsado del mundo de los signos, y no obstante te han dado nombre, te han llamado esclava, a ti, desgraciada esclava. Como dueños han ejercido su derecho de dueños. Escriben sobre este derecho de dar nombres que llega hasta el extremo de que se puede considerar el origen del lenguaje como un acto de autoridad que emana de los que dominan. De esta forma dicen que han dicho, esto es tal o tal cosa, han unido a un objeto y a un hecho tal vocablo y por esto por así decirlo se los han apropiado. Dicen, al mismo tiempo, han gritado vociferando con todas sus fuerzas para reducirte al silencio. Dicen, el lenguaje que tú hablas envenenan la glotis la lengua el paladar los labios. Dicen, el lenguaje que tú hablas está hecho de signos que propiamente hablando designan las cosas de las que se han apropiado. Lo que no aparece en el lenguaje que hablas es lo que no han podido arrebatar, lo que no han fundido como rapaces de múltiples ojos. Esto se manifiesta en el intervalo que los dueños no han podido llenar con sus palabras de propietarios y de poseedores”
Monique Wittig - Las guerrilleras [1]



Una podría preguntarse, hacia el interior de este heterogéneo movimiento que denominamos feminismo, ¿quién llorará a Natalia Gaitán? ¿es su vida digna de un duelo colectivo feminista? El cuerpo de Natalia compone ese conjunto de los que no importan ni cuentan, diría Judith Butler[2], pero no como desecho sino como condición de posibilidad para los que sí importan, esos cuerpos sujetos de la enunciación normativa heterosexual.
Su asesinato hizo emerger debates, silenciados o susurrados, en las entrañas de un movimiento que es, más bien, un campo incesante de complicidades, tensiones, rispideces, fricciones y conflictos. Sin embargo, todo movimiento social construye sus propios márgenes, voces y cuerpos que son arrinconados por las políticas del nombrar, por las políticas del olvido, por las políticas del saber, a la periferia de un centro que se instituye como la posición autorizada y legítima de la representación. Establecer cómo nombrar a la otra, olvidar nombrar a la otra, diseñar un saber sobre la otra, son algunos de los modos de regulación epistemológica y política de los cuerpos.

Lesbiana. Un nombre que es desbordado por esos cuerpos, deseos y voces que pugnan por desnaturalizar las convenciones del decir y los protocolos del actuar feminista. Lesbiana. Un olvido que rememora el desprecio por un deseo diferente y la compulsión al silencio que instituye un régimen sexo-político como la heterosexualidad. Lesbiana, un saber de la abyección que confronta al saber feminista que, así como desarmó la naturaleza de las asimetrías de poder entre hombres y mujeres, se empeña en naturalizar la diferencia sexual como justificación de “un” cuerpo para el accionar y la unidad políticas: las mujeres. Un saber feminista que produce un opacamiento, una ignorancia, un desconocimiento, acerca de las vidas cuyos trazados disienten de los marcados por la heteronormatividad.

Así, el guión actuado por el feminismo se vuelve dogmático y concluye siendo un gestor privilegiado de vaginas como causa de la lucha. Se torna hegemónico al institucionalizar una lógica de representación del movimiento que supone un sujeto privilegiado, portavoz, que no se posiciona ni corre riesgo alguno porque la exención de la marca –autoinvisibilización- de la propia posición es una operatoria de la norma. Esta descorporización del quién habla es pensable no sólo para la heterosexualidad, sino también y a su vez, para la clase, la blanquedad, la nacionalidad, el estándar corporal, la edad, la geopolítica, etc. Es un feminismo “hetero” no por su composición, sino por el atravesamiento de la heteronormatividad en sus postulados, acciones y discursos, que tiene efectos de minorización en las identidades sexuales y de género que no nos ajustamos a los parámetros del programa político definido de antemano. Cuestión que no se resuelve con enumeraciones inclusivas o listas exhaustivas de opresiones, sino con la práctica crítica de conectar piel y ojos, de combatir la universalidad como la premisa de las ficciones somáticas, de tener presente que estamos ubicadas y hablamos desde algún lugar del mapa, sea político, sexual, geográfico, corporal, etc., que nos localiza en posiciones ventajosas o de marginalidad.

Es preciso que la experiencia de esta muerte como rostro del aniquilamiento, se constituya en instancia reflexiva de un “nosotras” que nos habla pero que nos deja sistemáticamente afuera de las condiciones de enunciación.
Entonces, algunas preguntas se van formulando insidiosamente en la lectura de las intervenciones electrónicas[3], y aprovecho a borronear unas respuestas.

¿cuánto pierde el feminismo sin las lesbianas? Creo que perdería más de la mitad de sus participantes, aunque no activen abiertamente como lesbianas.

¿cuánto pierde el feminismo sin los cuestionamientos a la heteronormatividad? Demasiado, porque deja intacta la ley que fabrica cuerpos sexuados, que regular sus usos y placeres, que asigna el género con la violencia de los marcos disponibles de inteligibilidad cultural de los sujetos.

¿cuánto pierde la lucha por el derecho al aborto, por ejemplo, sin un despliegue de imaginarios sexuales que habiliten otras formas del coger sin reinscribir permanentemente la práctica coito-penetrativa como definitoria de la identidad “mujer”? Mucho, porque no se trata de sólo evitar muertes sino de imaginar vidas.

¿cuál sería la discusión, ahora, si una gran cantidad de feministas lesbianas que se amparan en los privilegios que la heterosexualidad otorga –entre muchos otros asuntos- en la circulación de la palabra, salieran del closet en sus propios movimientos y espacios populares, barriales, políticos, partidarios, vecinales, académicos? Me convenzo de que sería otra, y en otros términos.

¿qué sucedería si en un brote de “chauvinismo lésbico”[4] comenzáramos a aplicar la técnica del “outing”[5] en paneles, conferencias, cursos, que tenga como disertantes a lesbianas enclosetadas del movimiento? No se preocupen, no es una amenaza ni una advertencia, es una posibilidad de la acción directa. Además, de llegar a concretarla, no lo haríamos en nombre de la “nación lesbiana”, sino justamente para derribar las fronteras que las políticas de la heterosexualidad instituye entre privilegiadas y estigmatizadas. Es sólo un artificio retórico para llamar la atención de todas aquellas que se sientan o toman el micrófono para, en nombre del feminismo, hablarnos, explicarnos o silenciarnos.

No hay totalización narrativa en los discursos de las lesbianas feministas, las hay de todos los colores y lenguas, de las que organizamos nuestro cuerpo con la mano y la lengua como órganos sexuales y sus derivas en otras economías eróticas del cuerpo y los afectos, las hay que siguen sosteniendo que su vagina las vuelve categóricamente mujeres que aman a otras mujeres, las hay con variaciones corporales que hacen de la incertidumbre su política. Somos múltiples en nuestros discursos y perspectivas, y singularizamos los modos de decir y vivir un nombre.
No hay experiencia de autenticidad en nuestros testimonios y biografías, sólo acción performativa de la palabra que reescribe los términos con los cuales somos nombradas, pensadas e imaginadas.

Soy lesbiana no porque tenga un gen que lo prescriba, o un hemisferio cerebral distinto, o por una experiencia traumática con los hombres, o por herencia, o porque es innato, o porque tuve problemas en mi familia, o porque no resolví correctamente el –supuesto- complejo de Edipo, o porque quiero ser un hombre, o por un error de la naturaleza, o por la contaminación ambiental, …soy lesbiana tortillera torta trola marimacho chonga porque decido que esa palabra -empleada por los saberes científicos y su moral religiosa para convertirme en una enferma, una perversa, una degenerada- atraviese mi cuerpo, lo sacuda, y como una “posesa” expulse una vida construida a la medida de mis deseos. Esa es una experiencia política insoslayable y tediosamente creativa.

No hay años luz en las reflexiones políticas que muchas activistas lesbianas construimos cotidianamente, hay centímetros de puños que se alzan para golpearnos, hay grados acústicos en que se pronuncia el insulto y la injuria, hay metros de distancia de caricias que se inhiben, hay miles y miles de páginas que “nos explican” en la deficiencia, hay infinitos minutos de silencio que nos acallan, hay cientos de sesiones de terapia que inducen a la “normalidad”. A veces, solemos convertir esas magnitudes en una práctica curativa colectiva que hace de la fiesta el gesto inaugural del goce y la celebración de nuestras vidas.

Si el silencio no puede ser la respuesta social al fusilamiento de Natalia, el silenciamiento feminista no puede ser la escapatoria de la responsabilidad política de escuchar a las lesbianas, hablemos la lengua de la bronca, la desazón, la ironía o la irreverencia, porque construimos políticas del nombrar/se/nos desde los olvidos históricos y los saberes propios que nos dimos, y nos damos, para autoafirmar nuestra existencia. Si hubo un tono en el debate suscitado, fue el de la frondosidad de la violencia que talla las experiencias de nuestros cuerpos.

Como feministas, requerimos ejercitarnos, formatear, performar una sensibilidad político-afectiva que prefigure afinidades vitales, que, por ejemplo, antes de decir “no me acuerdo cómo se llama la compañera asesinada”, haya un gesto previo de buscar su nombre propio porque resulta tan valioso como cuando denunciamos las muertes por abortos clandestinos con nombre y apellido de las mujeres. No se trata de buenismo ni de corrección política, el primero por ser parte del programa hegemónico de feminización y el segundo porque es una forma de domesticación, que demasiados estragos han causado dentro del movimiento, soslayando debates, obturando flujos de saberes, expulsando cuerpos.

El binarismo ha cruzado la controversia, lesbianas/heterosexuales, lesbiana/tortillera, jóvenes/viejas, ira/buenos modales, desparpajo/respetabilidad, entre otros. No es casual tampoco que este debate se abra en un contexto de espectacularización de la política y mercantilización de las identidades, en el que el matrimonio como demanda de derechos gobierna la agenda política de las grandes organizaciones LGBT, reduciendo y acallando en nombre de valores liberales como la tolerancia y el buen ciudadano que paga sus impuestos, discusiones más complejas y radicales acerca de otras formas de convivencia, de amor y afectividad, de parentesco y acceso a derechos, etc.

Escapar no es sólo rehusar el debate, es también desconocer a la otra como interlocutora o disminuir su estatus como agente válido al ubicarla en el accidente de la diferencia, aquella misma que reconfirma la norma. En toda controversia se arriesga una òptica, una forma de ver y sentir el mundo; no se aprende en la armonía, sino con la trabajosa disección de nuestros puntos de vista, con las incisiones dolorosas que la escucha de la otra hace en el cuerpo de nuestros saberes.
Está en “nosotras” –cada cual se interrogará por su pertenencia- que la sonrisa de Natalia puesta a circular, certeramente, en las fotos que han sido publicadas, no sea clausurada por la convocatoria a callar porque todas se fueron y nos dejaron la luz prendida como señal de quién manda.


“Dicen que cultivan el desorden bajo todas sus formas. La confusión los disturbios las discusiones violentas los desórdenes los trastornos la discordia las incoherencias las irregularidades las divergencias las complicaciones los desacuerdos las desavenencias las colisiones las polémicas los debates las disputas las riñas los altercados los conflictos las desbandadas las catástrofes los cataclismos las perturbaciones las querellas las agitaciones las turbulencias las deflagraciones el caos la anarquía”
Monique Wittig – Las guerrilleras[6]



[1] Página 109. Seix Barral, Barcelona, 1971

[2] Cuerpos que importan. Paidós, Buenos Aires, 2002.

[3] Me refiero a los mails que circularon en esta lista, RIMA, a partir de opiniones y declaraciones emitidas por el asesinato de Natalia Gaitán.

[4] La acusación hacia las lesbianas de “exaltadas” y “exageradas” me hizo recordar un texto que escribí hace varios años acerca de la violencia epistémica que ello supone. Aunque hoy lo volvería a re-escribir, dado mis diversos desplazamientos políticos, creo que mantiene aún su vigencia. Para quienes están interesadas, “Frente al silencio, todo es desmesura”. La atribución de exageración como ofensa, está disponible en:
http://escritoshereticos.blogspot.com/2009/04/frente-al-silencio-todo-es-desmesura.html

[5] El “outing” es una táctica política que consiste en sacar del closet a personalidades que ocultan su identidad sexual disidente. Fue utilizada en los años ’90 por activistas queer, en los Estados Unidos, con famosos/as que consideraban hipócritas a la hora de ocuparse de las reivindicaciones de lesbianas y gays, especialmente, en lo relativo a las políticas sobre VIH-SIDA. La exhortación liberal a salir del closet se convierte, de este modo, en una revelación compulsiva para combatir el secreto y el silencio.

[6] Página 91.

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